¿Cuándo te amargaste, Ana? ¿Cuándo?
¿Recuerdas cómo eras de niña, cómo reías y hablabas de todo aunque estuvieras sola? ¿Recuerdas cómo era correr por la calle con una bola de niños detrás, jugando, gritando de contento hasta que a nadie le quedaba aire mas que a ti?
Primero murió ella e invadieron tu casa mujeres que nunca habías visto. Te exigían que les llamaras “abuela”, “tía” o “madrina”, palabras que nunca habías oído y que no significaban nada para ti. Ese día empezaste a mirar con rabia a tu padre porque las dejaba hacer sin meter las manos. Por primera vez te dijeron que había cosas que no debías hacer o decir y tú no entendías nada porque nunca en tus ocho años te habían prohibido algo o castigado. Y no es que hayas sido nunca una niña muy atendida, porque tus padres solo tuvieron ojos el uno para el otro. Pero en tu casa siempre hubo amor y mucho. Tanto que nunca sentiste que te hiciera falta. Te dejaban hacer, te dejaban sentir, te dejaban fallar. Siempre te trataron como a un igual y tenía sentido porque tú eras una extensión de su amor y te colocaban a su altura.
Pero un día ella salió sin volver. Por primera vez viste a tu padre desesperado y fuera de sí, como un loco. Esa noche metieron a tu casa una enorme caja negra completamente cerrada a la que tu padre hablaba implorando, repitiendo a gritos su nombre. Tú no quisiste acercarte. Era la primera vez que sentías miedo y solo te abrazaste las rodillas en un rincón.
Al día siguiente te despertó una mano brusca que trató de sacarte de la habitación. Quisiste gritar, llamar a tu padre y correr a su lado. Pero en el lugar en que lo habías dejado antes de caer dormida solo estaba un hombre viejo, macilento. Deshecho.
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