Ana está sentada en este cuarto de hospital donde acaba de hacerse el silencio. No tiene lágrimas, no tiene sentimientos. Sólo atina a mirar detenidamente al hombre que apenas ocupa la cama con un cuerpo acabado y un jirón de alma. Lo mira insistentemente, tratando de reconocerlo, pero no puede. Escarba en su memoria, en su corazón, en la punta de sus dedos y no encuentra nada que la ligue a él. Todo lo que este hombre acaba de contarle es un murmullo en el fondo de su cabeza, una vaga inquietud, un ave que da vueltas y vueltas buscando dónde posarse. Ana no quiere que ese lugar sea su corazón.
- Papá.
- Dime.
- Termina ya de morirte, ¿sí?
- Sí m’ijita.
- Bien.
Don Carlos toma la mano de Ana, la pone entre su mejilla y la almohada, suspira profundo, tranquilo por primera vez y por fin cierra los ojos. Después de unos minutos, Ana se levanta dejando atrás un cuerpo inerte, sale de la habitación y cierra esa puerta para siempre.
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