Ana vomitó. Ana vomitó todo lo que había bebido. Vomitó toda la rabia, todo el odio, todo el abandono. Vomitó todas sus ganas de gritar, de correr, de huir, de ponerse a salvo. Todas las armas que siempre llevó encima ahora le resultaban inútiles. Por eso las vomitó todas. Todas y cada una de ellas habían cumplido su cometido. Así que no las necesitaba más.
