Ana no entiende nada. Una mujer que nunca había visto la lleva a su cuarto y empieza a esculcar sus cajones. Habla y habla de cosas que Ana no entiende mientras deja la ropa de Ana tirada por el suelo y desbarata todo a su gusto. Ana la mira sudar dentro de ese vestido de flores oscuras que le saca las carnes por el escote y las mangas y siente asco. La mira ir de un lado a otro de su cuarto, buscando y hablando sin voltear a mirarla.
- Dios, no es posible. Aquí no hay nada decente que ponerte.
Ana sólo la mira con algo que después sabrá se llama odio. Aprieta los dientes y no se mueve. Cuando ve que la mujer se acerca a su caja de puros le detiene la mano con un movimiento seco. La pequeña mano de Ana no puede rodear la gruesa muñeca de esa mujer que no ha visto nunca en su vida, pero le dice tranquila.
- No la toques. Es mía.
La mujer la aparta con un gesto.
- Ay, niña, no estamos para estas tonterías. No estorbes, quítate.
Ana le advierte.
- No la toques.
La mujer la ignora y alarga la mano. No bien la ha movido suelta un chillido. Ana se le ha prendido al brazo como perro de caza. Aprieta las mandíbulas y le sostiene la mirada a esa gorda inmunda que solo grita y se agita como una loca hasta que la abofetea. El golpe lanza a Ana contra una esquina de la cama y la deja casi incosciente. Ana se apoya en el piso, trata de levantarse y apenas puede decir -No la toques. Te dije que es mía. La gorda mujer está a punto de asirla de los cabellos cuando se oye una voz autoritaria.
- ¿Qué está pasando aquí?
Todo da vueltas alrededor de Ana. Siente la tibieza de su sangre cayéndole sobre la frente. Pero lo que la hace perder el sentido es ver a su madre dando órdenes desde la puerta.
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