Ana vomitó. Ana vomitó todo lo que había bebido. Vomitó toda la rabia, todo el odio, todo el abandono. Vomitó todas sus ganas de gritar, de correr, de huir, de ponerse a salvo. Todas las armas que siempre llevó encima ahora le resultaban inútiles. Por eso las vomitó todas. Todas y cada una de ellas habían cumplido su cometido. Así que no las necesitaba más.
{Ana (IV)}
Ana no entiende nada. Una mujer que nunca había visto la lleva a su cuarto y empieza a esculcar sus cajones. Habla y habla de cosas que Ana no entiende mientras deja la ropa de Ana tirada por el suelo y desbarata todo a su gusto. Ana la mira sudar dentro de ese vestido de flores oscuras que le saca las carnes por el escote y las mangas y siente asco. La mira ir de un lado a otro de su cuarto, buscando y hablando sin voltear a mirarla.
- Dios, no es posible. Aquí no hay nada decente que ponerte.
Ana sólo la mira con algo que después sabrá se llama odio. Aprieta los dientes y no se mueve. Cuando ve que la mujer se acerca a su caja de puros le detiene la mano con un movimiento seco. La pequeña mano de Ana no puede rodear la gruesa muñeca de esa mujer que no ha visto nunca en su vida, pero le dice tranquila.
- No la toques. Es mía.
La mujer la aparta con un gesto.
- Ay, niña, no estamos para estas tonterías. No estorbes, quítate.
Ana le advierte.
- No la toques.
La mujer la ignora y alarga la mano. No bien la ha movido suelta un chillido. Ana se le ha prendido al brazo como perro de caza. Aprieta las mandíbulas y le sostiene la mirada a esa gorda inmunda que solo grita y se agita como una loca hasta que la abofetea. El golpe lanza a Ana contra una esquina de la cama y la deja casi incosciente. Ana se apoya en el piso, trata de levantarse y apenas puede decir -No la toques. Te dije que es mía. La gorda mujer está a punto de asirla de los cabellos cuando se oye una voz autoritaria.
- ¿Qué está pasando aquí?
Todo da vueltas alrededor de Ana. Siente la tibieza de su sangre cayéndole sobre la frente. Pero lo que la hace perder el sentido es ver a su madre dando órdenes desde la puerta.
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Ana está sentada en este cuarto de hospital donde acaba de hacerse el silencio. No tiene lágrimas, no tiene sentimientos. Sólo atina a mirar detenidamente al hombre que apenas ocupa la cama con un cuerpo acabado y un jirón de alma. Lo mira insistentemente, tratando de reconocerlo, pero no puede. Escarba en su memoria, en su corazón, en la punta de sus dedos y no encuentra nada que la ligue a él. Todo lo que este hombre acaba de contarle es un murmullo en el fondo de su cabeza, una vaga inquietud, un ave que da vueltas y vueltas buscando dónde posarse. Ana no quiere que ese lugar sea su corazón.
- Papá.
- Dime.
- Termina ya de morirte, ¿sí?
- Sí m’ijita.
- Bien.
Don Carlos toma la mano de Ana, la pone entre su mejilla y la almohada, suspira profundo, tranquilo por primera vez y por fin cierra los ojos. Después de unos minutos, Ana se levanta dejando atrás un cuerpo inerte, sale de la habitación y cierra esa puerta para siempre.
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¿Cuándo te amargaste, Ana? ¿Cuándo?
¿Recuerdas cómo eras de niña, cómo reías y hablabas de todo aunque estuvieras sola? ¿Recuerdas cómo era correr por la calle con una bola de niños detrás, jugando, gritando de contento hasta que a nadie le quedaba aire mas que a ti?
Primero murió ella e invadieron tu casa mujeres que nunca habías visto. Te exigían que les llamaras “abuela”, “tía” o “madrina”, palabras que nunca habías oído y que no significaban nada para ti. Ese día empezaste a mirar con rabia a tu padre porque las dejaba hacer sin meter las manos. Por primera vez te dijeron que había cosas que no debías hacer o decir y tú no entendías nada porque nunca en tus ocho años te habían prohibido algo o castigado. Y no es que hayas sido nunca una niña muy atendida, porque tus padres solo tuvieron ojos el uno para el otro. Pero en tu casa siempre hubo amor y mucho. Tanto que nunca sentiste que te hiciera falta. Te dejaban hacer, te dejaban sentir, te dejaban fallar. Siempre te trataron como a un igual y tenía sentido porque tú eras una extensión de su amor y te colocaban a su altura.
Pero un día ella salió sin volver. Por primera vez viste a tu padre desesperado y fuera de sí, como un loco. Esa noche metieron a tu casa una enorme caja negra completamente cerrada a la que tu padre hablaba implorando, repitiendo a gritos su nombre. Tú no quisiste acercarte. Era la primera vez que sentías miedo y solo te abrazaste las rodillas en un rincón.
Al día siguiente te despertó una mano brusca que trató de sacarte de la habitación. Quisiste gritar, llamar a tu padre y correr a su lado. Pero en el lugar en que lo habías dejado antes de caer dormida solo estaba un hombre viejo, macilento. Deshecho.
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